Gumersindo González se despierta cada lunes, miércoles y viernes sobre las cinco de la mañana. Se levanta con calma. Se prepara, desayuna y se dirige al Hospital Arquitecto Marcide, en Ferrol. Habitualmente, camina una media hora para llegar antes de las ocho. Si algún familiar puede llevarlo, acude en coche. Esta es su rutina tres días a la semana desde hace años. Antes, hizo lo mismo los martes, jueves y sábados y, por épocas, pudo alternar con el horario de tarde. Lo mantendrá un tiempo indeterminado. Tiene un hito, aunque no una fecha: cuando reciba la llamada del Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña para escuchar algo así como: «Hay un riñón para ti». Su nombre es uno de los que aparecen en la lista de candidatos a un trasplante que ponga fin, o al menos lo intente, al tratamiento de hemodiálisis al que debe someterse. «Mi vida consiste en presentarme aquí lunes, miércoles y viernes hasta que me llamen». La Voz lo acompaña en uno de los 156 días al año que lo repite.

El hospital lo recibe a media camino entre la noche y el día. Es un viernes de mayo. Dentro del edificio, cuesta, a eso de las siete de la mañana, cruzarse con alguien. Parte del personal de limpieza termina sus tareas, se escuchan los primeros sonidos de la cafetería y, justo en la entrada, dos hombres están charlando. Son algunos de sus compañeros de tratamiento. Gumersindo es, con 58 años, un enfermo renal crónico de larga duración. En el 2003 le diagnosticaron una nefroesclerosis: «Me hicieron una biopsia y vieron que se me estaban secando los riñones».

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La Voz de la Salud: Un día en hemodiálisis: «Esto no es un servicio médico, es una familia más»