La enfermedad renal crónica es una prioridad global. Así lo ha reconocido la Organización Mundial de la Salud (OMS), que habla de la necesidad de reforzar la planificación anticipada de los tratamientos y garantizar un acceso equitativo a las distintas modalidades. Las palabras de la entidad sanitaria se encuadran en un contexto de crecimiento: cada vez son más los pacientes con riñones que ya no funcionan como deberían. «Es un problema de salud muchísimo más relevante de lo que se pensaba hace unos pocos años», precisa el doctor Miguel Ángel Pérez Fontán, jefe del servicio de Nefroloxía del Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac), que añade: «Afecta a entre la sexta y séptima parte de la población mundial».
El problema radica en su silencio. Se instala poco a poco en la salud de su huésped, quien acostumbra superar los 65 años, padecer diabetes o tener hipertensión. «Muchas veces, se descubre en un análisis rutinario, sin síntomas», señala el experto. Así, se estima que afecta al 10 % de la población adulta española, o lo que es lo mismo, unos 4,3 millones de ciudadanos.
El coruñés Manuel González, de 68 años, forma parte de esta estadística desde hace cuatro. Todo comenzó con un aviso de su médico de cabecera que le llegó, a su vez, cuatro años antes. «En una revisión médica, con una analítica, vieron que algunos de mis valores, como la creatinina, estaban por encima de lo normal», recuerda. Se empezó a cuidar algo más y mejoró su dieta. Sin embargo, el cambio de hábitos no fue suficiente para sus riñones, que acabaron llevándolo a la diálisis.
